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Inteligencia emocional y cuidado ambiental

La intensidad de los estímulos nocivos que resultan de la degradación ecológica se incrementa de forma paulatina permitiendo que los organismos vivos se adapten a los cambios ambientales

Desde el punto de vista evolutivo, las emociones son indispensables para la supervivencia. Ante la presencia de amenazas, el cerebro envía señales a la glándula pituitaria y ésta libera la hormona aderonocorticotropa (ACTH), la cual estimula la secreción de cortisol en las glándulas suprarrenales. Esta hormona es secretada en grandes cantidades en momentos de estrés, preparando al cuerpo para la acción en situaciones peligrosas. El corazón late con más fuerza, la respiración es más rápida, el hígado libera glucosa a la sangre para proveer la energía necesaria, la transpiración aumenta y la sangre se concentra en los músculos.

Las respuestas de escape o enfrentamiento a estímulos nocivos intensos son en esencia reacciones emocionales, de tal manera que al tocar por accidente un recipiente caliente se produce un reflejo motor para romper el contacto. En contraste, los estímulos que aumentan de intensidad gradualmente poseen una menor capacidad para activar respuestas de escape o enfrentamiento debido a que se produce simultáneamente la adaptación en el individuo.

La intensidad de los estímulos nocivos que resultan de la degradación ecológica se incrementa de forma paulatina permitiendo que los organismos vivos se adapten a los cambios ambientales. Sin embargo, la sobreadaptación a estos estímulos puede generar pasividad y eventualmente disminuir la capacidad de dar respuesta a los problemas ecológicos.

Adicionalmente, las emociones pueden causar una reversión de la preferencia en las personas, de modo que se antepongan las ganancias inmediatas al bienestar a largo plazo. En este sentido, un individuo puede mostrarse dispuesto a pagar una cuota en el futuro para restaurar cierto ecosistema. Sin embargo, cuando esta misma persona enfrenta la decisión en el presente se siente tentada a utilizar el dinero para obtener un beneficio inmediato puesto que éste le provoca una respuesta emocional más fuerte (descuento hiperbólico).

Además de prepararnos para responder ante el peligro, las emociones también promueven la supervivencia a través del establecimiento de relaciones empáticas y de cuidado. A partir de los hallazgos de Goleman sobre la inteligencia emocional, Warren (1999) atribuye un rol importante a las emociones en la protección ambiental y manifiesta que ambas, “la inteligencia emocional y la inteligencia racional, son necesarias para el razonamiento moral y la toma de decisiones,” (Warren, 1999: 135).
En congruencia con lo anterior, Zaiem (2005) en su investigación sobre el comportamiento ecológico del consumidor, encontró que la relación positiva entre la conducta y la sensibilidad ecológica es más fuerte que la relación entre el conocimiento del medio ambiente y la conducta. Por otro lado, el psicólogo experimental Joshua Greene de la Universidad de Harvard, señala que las emociones juegan un papel poderoso en los juicios morales apoyándose en evidencia empírica obtenida a través de su estudio donde unos estudiantes resolvían dilemas morales mientras sus cerebros eran analizados por medio de resonancias magnéticas, (Zimmer, 2007).

Winter y Koger (2004) advierten que “necesitamos más que intelectos fuertes, sin importar que tan ricos en información sean, para tomar decisiones sabias sobre la sostenibilidad del planeta,” (p. 206). El consumo compasivo al que se refiere Goleman, responde a esta necesidad al superar el desconocimiento o la indiferencia que existe respecto a las consecuencias sociales, económicas y ambientales de las acciones individuales. Sin embargo, del mismo modo como lo hacen Winter y Koger (2004), Goleman advierte que el acopio de mayor información no garantiza que las personas finalmente realicen las acciones que se requieren para establecer relaciones más empáticas y solidarias.

Según Winter y Koger (2004), el contacto con la naturaleza es indispensable para desarrollar las emociones que le permitirán al individuo experimentar su self ecológico, de tal manera que pueda identificarse con el medio natural y reconocer las necesidades que existen en otros organismos. El estudio de Vaske et al., (2001) sobre el vínculo con el lugar y la conducta ambiental responsable, sugiere una relación positiva entre la identidad de lugar que resulta del contacto con la naturaleza y las conductas ambientales.
En otras palabras, mientras que la vida urbana promueve la alienación de las personas y la sobreadaptación a los estímulos ambientales nocivos, la relación empática con la naturaleza es un punto clave para promover estilos de vida ecológicos que resulten en una convivencia más equilibrada entre especies.

 

Referencias de la publicación:

  • Vaske, J. & Kobrin, K. (2001) Place attachment and environmentally responsible behavior. The Journal of Environmental Education, 32 (4): 16.
  • Warren, K. (1999) Care-sensitive ethics and situated universalism. En Low (Ed.). Global Ethics and Environment (pp- 131-145). London: Routledge.
  • Winter, D. & Koger, S. (2004) Psychology of Environmental Problems. USA: Lawrence Erlbaum Associates, Incorporated.
  • Zaiem, I. (2005) Le comportement écologique du consommateur: modélisation des relations et déterminants. La Revue des Sciences de Gestion, Direction et Gestion Nº 214-215.
  • Zimmer, C. (2007, Junio 30) Conflict. Discover: the brain, 67-70.